VIAJE TRANSAHARIANO AGOSTO 2002

Salimos de Madrid el uno de agosto un grupo de amigos en tres vehículos, con la intención de llegar por tierra hasta Bamako, la capital de la República de Mali. El trayecto hasta Málaga se hizo un poco pesado. Si bién el camión Mercedes 4x4 que llevábamos se porta estupendamente por pistas, en carretera no pasa de 80 km/h. El primer camping que vimos en Manilva estaba completo. Nos indicaron que la distancia hasta el camping más cercano era de 30 kilómetros en dirección a Cádiz. Pero encontramos otro medio vacío a solo 500 metros del primer camping. Es curioso como a veces el exceso de competencia entre establecimientos vecinos les lleva a ignorarse mutuamente y, lo que es peor, a torear a los viajeros que solo buscan reposo.

Al día siguiente fuimos a Algeciras. En el puerto, me arrimé demasiado a un bordillo cuando estaba aparcando, y pinché una rueda. Después de cambiarla, cruzamos el Estrecho y en Ceuta realizamos las últimas compras. Cada uno disponía de una resistente caja de cartón acolchada bastante grande para guardar su comida. Cada cual llevaba para comer lo que más le apetecía. A la hora de elegir la vitualla en un viaje de este tipo, más que las propiedades nutritivas de la comida, yo valoro la facilidad para prepararla y lo rica que esté. Con el cansancio, el calor, la arena y el viento, si no es algo que puedas preparar rápidamente y te apetezca mucho, no te lo comes y acabas desnutrido o deshidratado. Esas galletitas que tanto le gustan a uno, esos pistachos tan agradecidos a cualquier hora, ese embutido ibérico que se deshace en el paladar, esas gulas en lata que abres y comes sin complicarte la vida, esa leche condensada sin comentarios.... Y para cenar, ya más tranquilamente, comida caliente de más consistencia como pasta, arroz, legumbres, etc. En principio, nada para compartir, aunque luego se compartía todo lo que hiciera falta. Pero de una forma natural, sin imposiciones. Esa fue la clave que nos llevó a terminar organizándonos perfectamente, sin nadie que le dijese a otro lo que tenía que hacer. Sin gobierno de ningún tipo, logramos una disciplina envidiable, que cuando fue necesario nos permitió salvar el camión de ser tragado por el mar. La bebida iba en dos grandes cajas de cartón: agua y Aquarius. No haría publicidad de esa marca si no sospechara que ese líquido portentoso en ocasiones me ha podido salvar la vida. Además se puede beber del tiempo, que en el desierto significa calentorro, sin que te produzca arcadas.

Cruzar la frontera de Ceuta con Marruecos nos llevó un par de horas, por la cantidad de personas que había esperando, además de nosotros. Después de circunvalar Tetuán, paramos a cenar en un espacioso restaurante que hay en las montañas, camino a Larache. Esa noche dormimos en el camping de Kenitra.

Al día siguiente llegamos a Essaouira. Después de montar las tiendas en el ventoso camping que hay a las afueras de la ciudad, fuimos a cenar al minúsculo restaurante Mimosa. Por la mañana, llevé el Peugeot 505 a un taller. Repararon el alternador, que no cargaba suficiente electricidad en la batería, y por fin el aire acondicionado que tanto me había costado instalar pudo funcionar correctamente.

La siguiente etapa nos llevó hasta Agou Playa, uno de mis sitios favoritos, que "descubrí" en el viaje de agosto del año pasado.

Me gusta conocer sitios diferentes, y eso hace que en cada viaje me pierda varias veces, procurando no alejarme demasiado de la ruta principal.

Al día siguiente continuamos hacia el sur, visitando los parajes más interesantes. Esta foto corresponde a la sebkha Tazra, de donde se extrae abundante sal.

Paramos a descansar en una zona de dunas.

Iñaki se fue a dar un paseo para disfrutar de este paisaje tan diferente al de su tierra.

Yo me entretuve haciendo fotos de dunas.

Llevábamos sillas y mesas para comer, incluso una mesa auxiliar para preparar la comida. Pero a veces el viento era tan fuerte, que nos impedía montarlas. En un viaje anterior se me voló el toldo que llevaba para el sol, el pobre estará ya por El Cairo. Llegamos a Laayoune, y cenamos en el restaurante La Perla. La cocina es excelente, pero al no estar preparados para recibir mucha clientela, tardan mucho en servir. Paciencia, no teníamos prisa. Estábamos de vacaciones. Dormimos en los bungalows de Laayoune playa.

Al día siguiente continuamos nuestro viaje hacia el sur. Paramos en lo alto de un acantilado para comer. Pero el viento era tan fuerte, que no pudimos ni salir de los vehículos. Una de las puertas del camión estuvo a punto de correr la misma suerte que el toldo. Queríamos acampar en el golfo de Cintra, pero se nos hizo tarde. Decidimos buscar un lugar bonito y apacible antes de llegar a El Argoub. Anochecía, y no había tiempo que perder. Cada vehículo tomó un rumbo diferente. Los del Toyota se metieron por una pista bastante arenosa cuesta abajo. No me atreví a entrar por allí con el camión, y se dieron media vuelta. Cuesta arriba no podían subir, y tuvieron que deshinchar las ruedas. A los del Peugeot les pasó algo parecido, se quedaron atascados en una zona de arena. Entre todos lo sacamos, y acampamos en un altozano. Colocamos los vehículos en un lado, para frenar el viento.

A la mañana siguiente hinchamos las ruedas que habíamos deshinchado el día anterior, desayunamos tranquilamente, recogimos nuestro campamento, y retomamos la carretera. Como todas las mañanas cuando empezábamos la ruta, Joe, natural de Nashville, nos deleitó con su particular versión de "On the road again". Fue como el pistoletazo de salida para la gran desbandada. El Toyota y el Peugeot me pasaron a toda velocidad, y se perdieron en el horizonte. Evidentemente, tenían unas ganas tremendas de llegar al desierto. Yo también, pero el camión no daba más de si. Los del Toyota llegaron de un tirón hasta el puesto fronterizo de salida de Marruecos, olvidándose de comer, e incluso de repostar en la última gasolinera antes de entrar en el desierto. Los del Peugeot se metieron por la playa, y se quedaron atascados. Pudieron salir por sus propios medios, y se reunieron conmigo en la gasolinera. Llenamos de gasoil los 15 bidones que habíamos comprado en Boujdour. En el camión había sitio de sobra. Además, siempre es mejor que sobre a que falte. Sobre todo, teniendo en cuenta que en Mauritania, donde el combustible es más caro, a veces falla el suministro.

Por el camino los del camión paramos a ver una gran duna. Joe y yo aprovechamos para hacernos una foto. Da igual quién es quién, no se nos distingue y somos igual de feos.

Si quiere visitar la página web que hizo Joe después del viaje, por favor pinche AQUÍ.

Volvimos a juntarnos en Guerguarat, comimos e hicimos los trámites de salida de Marruecos. Dijimos adiós a la carretera, y a la entrada de la pista tuvo lugar el episodio más glorioso de todo el viaje. Me paré, reuní a los conductores, y les solté un discurso sobre los peligros del Sahara, la prudencia y la responsabilidad. A continuación y guiados por mí, nos perdimos.

Bueno, no ocurrió exactamente así, pero de esta forma suena más cómico. Íbamos tranquilamente por la antigua carretera, llena de baches pero libre de minas 100%. Llegamos a una zona de arena, y vi a dos vehículos y dos motos con serias dificultades para atravesarla. Quise bordearla por la izquierda, siguiendo unas rodadas y con la intención de desviarme a la derecha a la primera oportunidad. Pero no encontré ningún camino en ese sentido, y me negué a atajar circulando campo a través, por miedo a las minas. Pretendía llegar a Noadhibou entero y por tierra, no volando y a cachos. Recorrimos un par de kilómetros, hasta que vimos que las rodadas que seguíamos se perdían en una extensa duna. Quise atravesarla, pero los vehículos se atascaban. Así que dimos media vuelta hasta la bifurcación en la que nos habíamos salido, y proseguimos por la pseudocarretera hasta el puesto fronterizo mauritano.

Por lo visto hay bastantes minas en la frontera entre Mauritania y la antigua provincia española del Sahara Occidental.

Cumplimentamos los trámites de entrada en Mauritania, y proseguimos por el camino más lento y seguro, la antigua carretera. Solo hay arena en dos tramos. Son pequeñas dunas que a veces se desplazan, por lo que siempre que llego a esos tramos tengo que pararme, bajarme del camión y mirar por donde se puede pasar. Quizá el desvío que tomo en un viaje, no sea practicable en el siguiente. Los funcionarios mauritanos que están en la frontera, utilizan otra pista que va por la izquierda. Hay mucha arena, pero tienen buenos vehículos, conducen de maravilla, y llegan a Nouadhibou en media hora. Nosotros tardamos bastante más, y se nos hizo de noche. Antes de llegar a Nouadhibou me emocioné, le di caña, y pinché una rueda. El que haya conducido con un camión 4x4 por pistas, sabrá perdonarme. Como la rueda pinchada era una de las dobles de atrás, pasé de pararme, y me limité a circular despacito hasta llegar al hotel.

Al día siguiente, que tenía previsto dedicarlo a descansar, aproveché para llevar el Peugeot al taller del senegalés Roger, el mejor de Nouadhibou. Había observado una pequeña pérdida de aceite por el carter, nada grave. Pero teniendo tiempo, consideré que era mejor arreglarlo. Le dejé el coche al mecánico, y me fui con el camión a otro taller, para arreglar el pinchazo del día anterior. Cuando regresé a recoger el Peugeot, me encontré con que le habían sacado las tripas. El motor colgaba de un gancho, y un mecánico lo estaba despiezando a conciencia. Le pregunté a Roger qué estaba haciendo, empleando todas las palabrotas que conozco en francés, y algunas más en castellano para mi mismo, a modo de desahogo. Me dijo que la semana anterior había tenido que tapar el foso porque se le inundaba cada vez que llovía (más tarde me enteré de que en Nouadhibou llueve una media de cuatro horas al año), y no estaba dispuesto a tirarse en el mugriento suelo para arreglar mi coche. Observé que efectivamente el suelo estaba negro de grasa, mezclada con aceite y barro, aunque también es verdad que su mono, azul en origen, no estaba más claro que el color de su piel de ébano.

Me fui corriendo a buscar a los demás componentes del grupo, y les llevé al taller para que vieran con sus propios ojos lo que yo me sentía incapaz de contar con palabras. Roger nos dijo que no nos preocupásemos, porque el coche iba a quedar como nuevo. Y así fue, ya que no volvió a dar ni un solo problema en todo el viaje.

Comimos en el restaurante del Hogar Canario, y después de una merecida siesta en el hotel, fuimos todos a visitar Cabo Blanco al más puro estilo mauritano: apelotonados en el Toyota. A la vuelta, recogí el Peugeot, lo revisé a conciencia, y comprobé aliviado que funcionaba perfectamente. Estaba preparado para atravesar el temible desierto.

Al día siguiente madrugamos dispuestos a internarnos en el Sahara, y Dios nos ayudó. Una oportuna lluvia endureció la arena y la hizo más compacta y transitable.

Después de recorrer medio centenar de kilómetros, paramos a descansar cerca de un pozo, donde abrevaba un rebaño de camellos.

Nos detuvimos a comer cerca de donde empieza una bonita zona de dunas aisladas. Por la tarde, Iñaki se puso al volante del camión, y condujo durante unos cuantos kilómetros. Llegamos a una zona de arena blanda, y se atascó bién atascado. Después de sacarlo del agujero deshinchando las ruedas y utilizando las planchas, me preguntó qué había hecho mal. No sabiendo exactamente la respuesta, me arriesgué comentándole que se había metido por una zona en la que yo no habría entrado.

A continuación conduje yo el camión, y después de recorrer unos kilómetros, me hundí bastantes más centímetros que Iñaki en otra zona de arena. Tuve que tragarme mis anteriores palabras, y jamás volví ni volveré a hacer comentarios de ese tipo.

Yo no soy Superman, ni siquiera Spiderman. A pesar de mi experiencia, que por otra parte tampoco es excesiva, sigo cometiendo fallos. Paradojicamente, eso produce un efecto beneficioso en el resto del grupo, y contribuye a mejorar la convivencia y el desarrollo del viaje en general. A nadie le gusta viajar con un sabelotodo que nunca se equivoca y que siempre tiene razón. Terminaría resultando insoportable. Uno de los aspectos que más valoro en una persona, es su capacidad para equivocarse y cometer errores. Prefiero gente que dude, sufra y fracase de vez en cuando. No siempre, claro. Tampoco hay que pasarse.

No encontré a Sufi, el guía con el que viajo habitualmente desde Nouadhibou hasta Nouakchott, y el que contraté resultó ser un impertinente. Después de quedar atascados la segunda vez, me recordó que yo le había prometido que llegaríamos a Noakchott en dos días, y no estaba dispuesto perder más tiempo, porque era una persona muy ocupada y debía atender sus negocios. Le mandé a freir espárragos, y proseguimos el viaje. Llegamos hasta Tafarit. Al guía no le importó que estuviéramos cansados, y nos llevó a todos a casa del responsable local del parque nacional para negociar su mísera comisión. Pasamos de él y fuimos directamente a la playa. Montamos nuestro campamento y encendimos una hoguera con unos troncos que habíamos encontrado tirados por el camino. Seguramente alguien los habría perdido. Hasta para eso tuvimos suerte. Preparamos la cena e invitamos al guía a un plato de espaguetis con atún. Algo debió ver en nuestra compañía que le molestó profundamente. Nada mas devorar el atún, se levantó sin dar las gracias ni decir buenas noches, y se metió en el Peugeot a dormir. Quizá fue el excelente vino de Meknes, o el delicioso jamón de Jabugo, o el trato igualitario que los chicos profesábamos a las únicas dos mujeres del grupo. Es un misterio que nunca sabremos.

A la mañana siguiente nos dimos un saludable baño en el mar, que nos recibió con agua clara, apacible y templada. Recogimos, y nos dispusimos a atacar la llamada zona de las tres grandes dunas. Deshinchamos las ruedas del Toyota y del Peugeot a un kilo, y las del camión a tres kilos. Observamos charcos, vegetación verde y barro. Algo inusual. Recordé que a José Luis, un amigo que pasó hacía un par de semanas por esa zona, le llovió abundantemente, y estuvo varios días bloqueado. También es mala suerte. Recé para que no nos ocurriese lo mismo. Llegamos a Nouamghar sin problemas, pagamos la tasa del parque nacional, y nos dimos otro baño, en espera de que bajase la marea para poder circular por la playa.

Cuando bajó la marea, nos metimos por la playa y circulamos por una estrecha franja de arena húmeda y relativamente dura, evitando las olas que venían por la derecha, y la arena blanda de la izquierda. Era uno de los platos fuertes del viaje. Llegamos a un tramo de rocas. El camión y el Toyota las evitaron por la izquierda, atravesando una zona de mucha arena por donde el Peugeot no podría circular. Estuvimos esperando un rato, hasta que encontramos un hueco entre ola y ola para pasar. Tuvimos suerte.

Recordé que mi amigo Paco, en un viaje anterior y a pesar de su dilatada experiencia, había perdido un Peugeot en esa zona. El mar no perdona ni a los más curtidos. Lo único que pudieron hacer fue atarlo con una cuerda, y observar con impotencia durante cuatro horas cómo se balanceaba de un lado a otro, hasta que bajó nuevamente la marea. El agua había entrado por todos sitios, y el coche estaba echado a perder. Finalmente lo tuvieron que regalar.

Llegamos a Nouakchott, y buscamos cerca de la lonja un sitio para salir de la playa. Excesivamente confiado en la motricidad del camión 4x4, no tomé suficiente impulso, y quedé atascado. Conecté la reductora e intenté salir por las bravas, pero el camión se hundió más. Deshinché las ruedas hasta un kilo, pero no hubo forma. Viendo que la marea comenzaba a subir, me entró el pánico. Con las prisas, coloqué mal una de las planchas y pinché la rueda delantera izquierda. Si quería salvar el camión, debía cambiarla rápidamente.

Es curioso cómo a veces todo se echa a perder, cuando creemos tener el objetivo conseguido. Pero como dice mi amigo Manolo, hasta el rabo, todo es toro. Ese paciente que fallece en un accidente de tráfico después de vencer un cáncer. Ese contrato que estamos a punto de conseguir, y que se frustra porque alguien en Wall Street aprieta un botón y envía a 200 personas a la calle.

Esta vez y gracias a la colaboración de todos menos el guía, que había desaparecido, pudimos cambiar la rueda y sacar el camión antes de que se lo llevase la marea. Nos costó un par de horas de trabajo intenso, pero lo conseguimos.

Cayó la noche y montamos nuestras tiendas en el camping de la playa de Nouakchott. El día siguiente nos lo tomamos de merecido descanso. Nos vino estupendamente, ya que en la siguiente etapa debíamos entrar en Senegal, atravesando la odiosa frontera de Rosso.

De camino a Rosso, paramos a comer dentro de una fresca y apacible jaima.

Al principio la señora que había dentro no estaba muy contenta con nuestra visita, pero luego se partía de risa. Terminó viniendo a conocernos toda la familia.

Se empeñaban en no dejarse fotografiar ni aún pidiendo permiso. Había que estar muy atento, porque a la mínima se tapaban. Era como un juego.

Esta foto de Toni con la mauritana en la tienda y el camión al fondo me salió muy bien.

En cada control de policía, aduana y gendarmería, siempre había alguien que nos pedía algo. Yo procuro llevarlo todo en regla y nunca regalo nada, excepto saludos, sonrisas y amabilidad. Existe entre algunos europeos que viajan por África la creencia de que dar propinas y regalitos a los funcionarios agiliza los trámites. Por la experiencia que yo tengo, eso no es cierto. Si le das algo a uno, los demás se enfadan y buscan alguna excusa para retenerte hasta que les des algo. Y si vas dando a todo el mundo, al final te quedas sin nada y además se ríen de ti. Ellos tienen su sueldo. Si les parece poco, siempre se pueden buscar otro trabajo que además sea útil a la sociedad. Nadie les obliga a ser funcionarios.

La frontera de Rosso fue, como estaba previsto, un pequeño infierno. Afortunadamente la cruzamos con más celeridad que en otras ocasiones. El episodio más destacado lo protagonizó un empleado de la compañía que gestiona el trasbordador, famoso por su mala leche. Se apropió de mi pasaporte, y luego me exigió 1000 ouguillas para devolvérmelo. No se cómo lo había conseguido, ya que yo se lo había entregado personalmente al jefe de la aduana. Me dijo que, si no le daba el dinero, tendríamos que esperar allí dos horas más. Yo le respondí que no sabía exactamente cuánto tiempo estaría allí, pero que estaba casi seguro de que él nunca podría salir de aquel pozo inmundo. Eso le dejó baldado, y aproveché su desconcierto para arrebatarle con un rápido movimiento de mano MI pasaporte. No suelo ser descortés, y el que me conozca sabe que no es fácil sacarme de mis casillas, pero ese tío lo había conseguido.

En Senegal, donde los funcionarios suelen ser bastante más amables, cumplimentamos rápidamente los trámites de entrada. Fuimos hasta N'Dioum, y nos alojamos en los bungalows que hay cerca del río Senegal. Mientras cenábamos en la terraza del restaurante, se fue la luz y dejó de funcionar el aire acondicionado de las habitaciones. Hacía bastante calor, y afortunadamente en un par de horas pudieron reparar la avería. Me dijeron que el antiguo gerente, al que todos llamaban afectuosamente Le Vieux (El Viejo), había fallecido recientemente. Me dio mucha pena, porque me trataba muy bien. Era como un remanso de paz después de la tensión de Rosso. Como suele decirse, siempre se van los mejores. Por eso nunca hay que esforzarse demasiado en mejorar (¡qué chiste más malo!).

Al día siguiente, fuimos por una excelente carretera de reciente construcción hasta Bakel. El ministerio de obras públicas senegalés está haciendo un gran trabajo con sus escasos medios, y cada vez quedan menos tramos con baches.

Parábamos en los poblados que más nos gustaban. Íbamos a nuestro aire, sin un programa rígido que cumplir a toda costa, sin ataduras ni compromisos. Esta foto me salió bastante bién. A diferencia de los mauritanos, a los senegaleses no les importa que les fotografíen.

Esta choza estaba completamente rodeada de ramas con espinas y troncos. Pregunté a una señora el porqué, pero no nos entendimos. Ni ella hablaba francés, ni yo sarakolé.

En Bakel encontramos un hotel muy tranquilo, éramos los únicos huéspedes. Las paredes habián sido decoradas por un artista local llamado Cissé en 1991. A la izquierda puede verse la barra del bar y una puerta. A la derecha, una ventana. En las fotos de abajo puede verse un interruptor, dos ventanas grandes y una pequeña.

Entre Bakel y Kidira hay unos poblados y unos paisajes impresionantes.

Obsérvese al renacuajo de la derecha de la foto, es auténtico.

Cruzamos la frontera de Mali, y paramos a comer a la sombra de un hermoso Baobab.

Esta foto es una de mis preferidas. Iñaki y una africana, apoyada en un enorme baobab y que estuvo durante todo el tiempo que permanecimos comiendo observándonos, se miran con curiosidad.

Manolo aprovechó que la vaquita estaba distraida, para hacerle una foto. No tenía un aspecto muy saludable.

Llegamos a Kayes al atardecer. Los tres vehículos llegaron en perfectas condiciones. No nos habían dado en todo el viaje ningún problema importante. Nosotros tampoco a ellos. Reconozco que a veces resultaba demasiado tiquismiquis en el cuidado de la mecánica, pero en este tema es mucho mejor pasarse, que quedarse corto. La clave es: prevención y anticipación. Lo demás lo decide Dios.

Nos alojamos en las habitaciones de una emisora de radio, frente al antiguo aeropuerto, y cenamos en el restaurante del Hotel du Rail. Fue la cena de despedida. Al día siguiente, Joe y Cristina tomaron el avión hasta Bamako, los demás montaron en el tren de pasajeros, y yo me quedé para meter los vehículos en el tren de mercancías que va de Kayes a Bamako.

Fui a la estación, y reservé una plataforma. Adelanté 80 euros al "transitario" Mussa Balla Coulibaly. Me prometió que saldría esa misma tarde. En tres días no vi ni la plataforma, ni al transitario, ni mucho menos el dinero. Al cuarto día, me cansé de esperar, presenté una denuncia en la policía, y me fui con el camión por la pista de Nioro.

Había agua, barro, lodo, arena y piedras, pero pude pasar. Prefería eso a quedarme en Kayes. En ocasiones, la pista se perdía entre unos charcos que tenían incluso vida acuática. A medida que entraba, veía cómo el nivel del agua iba subiendo poco a poco, mientras el camión se hundía en el agua marrón. Normalmente, el centro del charco era el sitio más profundo, y a partir de ahí, veía con alivio cómo el nivel disminuía cuando avanzaba lentamente. Pero no siempre era así. En más de una ocasión tuve que dar marcha atrás y buscar un camino alternativo o ir campo a través, ya que la profundidad era excesiva, y el camión, en vez de subir, se hundía más todavía.

Llegué a la conclusión de que lo mejor era ir detrás de algún transporte local y seguirle, ya que ellos conocen los charcos que se pueden atravesar y los que no. Pero los condenados iban a toda pastilla, y no había forma de seguirles.

Pasé la noche a las afueras de Nioro, y al día siguiente llegué a Bamako.

Por el camino, me paré para fotografiar este poblado, a orillas de una laguna

Mujeres de la etnia Peul iban y venían cargadas de ropa y enseres, que portaban sobre la cabeza en recipientes hechos con media calabaza.

Desde Bamako, tomé nuevamente la carretera hacia el sur, y me recorrí Costa de Marfil comprando artesanía. Era época de lluvias. Violentas tormentas estallaban de improviso, y el contraste con el sol daba lugar a colores y paisajes alucinantes.

El día que tomé esta foto, por la mañana el cielo estaba completamente despejado. A primera hora de la tarde, empezó a soplar mucho viento. De pronto, un frente de nubes avanzó, cubriéndolo todo de agua y oscuridad. A lo lejos se veían los reflejos producidos por los rayos. La gente corría despavorida de un sitio a otro, sin perder en ningún momento la sonrisa.

En una pista me encontré con este simpático escorpión, y le hice una foto.

Esta foto la hice en una pista de Costa de Marfil.

La falta de mantenimiento es cada vez más patente en las infraestructuras de Costa de Marfil. Lo veo de un viaje para otro. Es una consecuencia o un reflejo de las dificultades políticas por las que actualmente atraviesa el país. En las carreteras, el asfalto desaparece poco a poco. Las pistas se cuartean y los puentes se despedazan. Los agujeros de los puentes se cubren con troncos que después de las lluvias acaban pudriéndose.

Fue en un pueblo de Costa de Marfil donde ocurrió el incidente de los huevos que voy a relatar. En África hay gente encantadora, pero también hay gente mala, como en todos sitios. Aparte de un par de asaltos importantes que he sufrido en el desierto, en ocasiones he sido víctima de pequeños robos y timos menores, que siempre he procurado afrontar con paciencia, buen humor y reflexiones internas como:

1. Que niño más salado, ese que corre por ahí. Lleva en la mano una llave inglesa igualita a la que estaba usando yo hace un par de minutos.

2. Es curioso, este gasolinero asegura que me acaba de echar 140 litros, y el depósito de mi camión no caben más de 130 litros.

3. Esta simpática ancianita, que viene acompañada por media docena de nietos parecidos a los que se ven en los partidos de la NBA, me comenta que el precio por acampar en esta playa completamente desértica es de 5 euros.

Entré en el citado pueblo conduciendo mi camión, con la sana intención de comprar toda la artesanía que me gustase. Lo mismo que hago en otros tantos cientos de pueblos en África, donde mucha gente me conoce y me recibe con afecto y respeto. Es mi trabajo, lo hago con ilusión, y me gusta. Pero en este pueblo nunca había estado, y nadie me conocía. En la calle principal, que por lo visto no estaba preparada para el paso de camiones, había un cable de electricidad mal colocado que me impedía el paso. Siguiendo indicaciones de un amable grupo de vecinos, me metí por un descampado para evitar el obstáculo, y en cuanto me fue posible, regresé a la calle principal. Paré en el centro del pueblo para beber un refresco y preguntar dónde podía comprar artesanía. Cuando estaba escuchando atentamente las indicaciones de un tendero, se presentó un señor sudando a chorros y visiblemente alterado. Me enseñó un plato que contenía huevos, algunos de ellos rotos. Me dijo que, al desviarme por el descampado con mi camión, le había aplastado una docena de huevos, y debía pagárselos a razón de nada menos que 3 euros por pieza. En total, 36 euros.

Lo que debía haber hecho: comprobar si yo realmente le había roto sus huevos. En caso afirmativo, pedirle disculpas, comprar en una tienda media docena de huevos a 5 céntimos de euro la unidad, que es lo que cuestan, y entregárselos.

Lo que hice: le llamé estafador, le dije que estaba loco, le mandé a que le porculizasen y me subí al camión con intención de largarme. Estaba bastante cansado después de conducir toda la mañana por pistas infernales en las que me jugaba la piel a cada paso, y no tenía ganas de perder el tiempo discutiendo con ese caradura.

El tipo reaccionó tirándome lo que quedaba de sus preciados huevos a la cara. Yo me agaché, y el viscoso proyectil se esparció por el interior de la cabina. Me bajé del camión para felicitarle por su hazaña, y nos encaramos. Todas las personas que habían presenciado la escena, se pusieron entre ambos. Afortunadamente, ya que yo no tenía la menor intención de batirme en duelo por una docena de huevos. Al final nos fuimos cada uno por nuestro lado, y la cosa no pasó de una batallita más que contar. En la foto, el estado en el que quedó el interior de la cabina.

En el país Lobi, hice unas fotos muy interesantes. Si quiere verlas, por favor pinche AQUÍ.

Verdes praderas de Burkina Faso, con chozas habitadas por pacíficos y afables pastores.

Aquí la gente vive igual que hace miles de años. Lo único moderno es la bicicleta, de fabricación China.

Después de recorrer buena parte de Mali, Burkina Faso y Costa de Marfil comprando artesanía, regresé a Bamako. Dejé el camión bién guardado, y volé hasta Kayes. En pleno vuelo nos pilló una fuerte tormenta. El viejo avión Antonov se movía como una batidora, y tuve que hacer esfuerzos para no marearme. Los únicos que no se inmutaron fueron los pilotos rusos, que parecían muñecos de cera clavados en sus asientos. En Kayes, recuperé mi Toyota e hice el mismo recorrido que con el camión hasta Bamako. Esta vez me resultó más complicado atravesar los charcos por la diferencia de altura entre los dos vehículos. Además, había llovido recientemente. Llegué con barro hasta en los calzoncillos.

El viaje de regreso lo hice acompañado por mi mujer, que viajó desde Madrid hasta Bamako en avión.

En la primera etapa llegamos hasta Nara. Al día siguiente cruzamos la frontera entre Mali y Mauritania por una pista muy bonita, donde tomé esta foto.

Como en el viaje de enero de 2001, un jinete nos acompañó durante un buén tramo, hasta que se cansó. Él solo disponía de un caballo, mientras que nosotros teníamos noventa (¡otro pésimo chiste!).

Otra foto de la misma pista. El Toyota Hilux es un buén 4x4, aunque los accesorios que tuve la desgracia de comprar en España son bastante malos. Durante el viaje, se desarmó con los baches el parachoques delantero, el trasero, y las barras portaequipajes.

Un carril estrecho para coches, y otro ancho para camiones.

En Timbedgha hicimos los trámites de entrada en Mauritania, y fuimos por carretera hasta Ayoun El Atrous.

Al día siguiente proseguimos nuestro viaje, y nos sorprendió una tormenta de arena. Era como una enorme bola de algodón que avanzaba cubriéndolo todo de marrón.

En los pueblos y ante la llegada de la tormenta, la gente se afanaba en recoger o asegurar las jaimas para que no se las llevase el viento. La belleza de la escena era impresionante. Se veían las casas perfectamente iluminadas por el sol, y detrás una cortina marrón en continuo movimiento. Se oía un ruido semejante a un rugido continuo y lejano, que le ponía a uno la piel de gallina. Después de hacer estas fotos, salimos pitando. Pero la tormenta nos atrapó y tuvimos que parar, porque no se veía nada. Nos metimos a dormir en una jaima bastante sólida.

Al día siguiente llegamos a Nouakchott. La marea estaba alta, y como no se podía circular por la playa, fuimos por una pista interior bastante bacheada hasta Tiouillit, un poblado de pescadores. Comimos tranquilamente, y cuando vimos que la marea ya no podía bajar más, nos metimos en la playa.

En un momento del trayecto, me subí a una duna y tomé esta foto.

Antes de Llegar a Nouamghar, vimos este autobús que unos chicos italianos habían tenido que dejar abandonado un par de meses antes. Hace falta valor para meterse con un trasto como ese por esa zona. Si tienes alguna avería que impida al vehículo avanzar, sube la marea y te quedas sin nada. Cada día se hunde un poco más. En el próximo viaje, quizá vea el techo a ras de suelo. Aunque la vida es imprevisible, y a lo mejor no llego ni hasta donde llegaron ellos.

Incluso un simple pinchazo en la playa te puede costar el coche entero. Si al elevar el vehículo colocas el gato directamente sobre la arena, se puede hundir cuando menos te lo esperes, y darte el susto de tu vida. Siempre es bueno llevar un tablón además de las planchas, por si éstas quedan aprisionadas debajo de las ruedas.

En Nouamghar nos dimos un baño en el mar y montamos nuestra tienda cerca de la playa. Al día siguiente fuimos a pagar la tasa del parque nacional, y buscamos un taxi que nos guiase hasta Nouadhibou. Viajando con mi mujer, prefería no correr riesgos que pudiera evitar, y pensé que acompañados iríamos más seguros. Me equivoqué.

Vi un taxi lleno de gente que iba a Nouadhibou. Le pregunté al conductor si podía seguirle, y me pidió 20000 ouguillas. Teniendo en cuenta que esa tarea no le iba a suponer ningún gasto ni trabajo adicional, me pareció excesivo, y le ofrecí 5000 ouguillas, que terminó aceptando a regañadientes. Era un Toyota Landcruiser antiguo.

En su interior viajaban 16 personas, y en el portaequipajes mogollón de bultos.

Al poco de salir, se le cayeron un par de maletas. Las volvió a colocar, pero no aguantaron ni 10 kilómetros. Me dijo que no tenía suficiente cuerda para atarlas, y le dije que cogiera lo que le hiciera falta de un rollo que yo llevaba para casos de emergencia. Lo gastó entero. Al empezar la llamada zona de las tres grandes dunas, se pararon. Una de las pasajeras se encontraba mal, y se tumbó en el suelo. Estaba agotada, después de atravesar la mitad del continente africano desde Ghana. Además, llevaba sobre su regazo un pesado bote de plástico lleno de comida, que le impedía respirar con normalidad. Le di una botella de agua mineral mezclada con suero oral que le sentó muy bién, y me ofrecí a llevarle la comida en nuestro coche.

Atravesando la llamada zona de las tres grandes dunas, montañas y montañas de arena blanda y calentorra. Son las dunas de Azefal.

Antes de llegar a Ten-Alloul, el taxi se averió. No tenían herramientas, y les presté las mías. Estuvieron dos horas intentando arreglar la bomba de inyección. Finalmente les remolqué con mi coche, y pudieron arrancar. Paramos a comer en Ten-Alloul, y durante dos horas a nadie se le ocurrió repasar la mecánica, ya que estaban muy ocupados echándose la siesta. Nuevamente les ayudé a arrancar, y proseguimos el viaje. Pero a los pocos kilómetros volvieron a pararse. Estuvieron otro par de horas desmontando y montando piezas. El radiador del taxi perdía agua, y terminaron gastando lo poco que tenían para beber. Yo les di todo lo que pude, ya que nosotros llevábamos 40 litros de agua mineral, y ocho litros de agua de grifo para lavarnos.

Desde que salimos de Nouamghar, no pasó mucho tiempo hasta que mi mujer y yo nos dimos cuenta de que aquellas personas estaba viviendo una tragedia que, inexplicablemente para nosotros, parecían aceptar con toda naturalidad. Tampoco conozco exactamente lo que había dentro de sus mentes. Yo veía que estaban intentando atravesar el desierto más grande del mundo en unas condiciones lamentables y con unos medios muy precarios. Recordé el dramático episodio que vivió mi amigo Pepe. Hace unos años, encontró tres cadáveres en medio del desierto, junto a un coche averiado. La impresión que recibió fue tan fuerte, que a su regreso a Madrid precisó tratamiento psicológico.

A nosotros nos había tocado ser testigos directos de las aventuras y desventuras de los africanos que intentan llegar a Europa en busca de una vida mejor. Mucha gente se conmueve viendo por televisión los esfuerzos fallidos de esos desgraciados atravesando el mar en patera para llegar hasta España. Digo fallidos, porque los que lo consiguen no salen en televisión. Solo vemos a los que son atrapados y posteriormente repatriados, o a los que aparecen ahogados. Pero hasta llegar a las costas saharianas o de Marruecos para subirse a la patera, han tenido que sufrir mucho. Cuando viajo por África, a veces pienso que soy un espectador privilegiado de las desgracias de lo demás, y me siento mal por no ser capaz de hacer otra cosa que sobrevivir.

Estando inmersos en estas reflexiones que enmudecerían al más charlatán, vimos a lo lejos a un grupo de europeos en apuros. Se habían metido por una zona de las que allí llaman "arenas malas" (mauvais sables), y se habían quedado atascados. Se trata de arena seca y más o menos dura en la superficie, que al escarbar se hace blanda y húmeda. En el viaje de agosto de 2001 le hice una foto a un camión amarillo que había sufrido el mismo percance, y que solo pudo salir remolcado por un vehículo oruga. Esas zonas de "arena mala" no tienen porqué estar en la costa. Te las puedes encontrar perfectamente a muchos kilómetros del mar.

No se lo que pudo animar a esos chicos a meterse por esa zona, quizás fue exceso de confianza en el gps. A menudo me encuentro con europeos que se internan por primera vez en el desierto sin guía, solo con el gps, que es una excelente ayuda. Pero el gps no te indica dónde hay minas, ni las zonas que se embarran cuando llueve, ni hasta dónde sube la marea, ni dónde hay zonas de "arenas malas", ni qué pistas han sido cubiertas por las dunas que se desplazan, ni dónde hay bandidos. Para eso están los guías que, aunque no sean infalibles, prácticamente viven en el desierto y conocen cada duna por su nombre. A veces me meto con ellos porque algunos son un poco bordes, pero valoro su trabajo y reconozco que se ganan lo que cobran, por cierto bastante.

Hace años yo tuve un gps. Era de los primeros y tardaba 5 minutos en dar la posición. En un arrebato de impaciencia, lo tiré por la ventanilla. Luego me arrepentí, y di la vuelta para recogerlo, pero se había roto sin posibilidad de reparación. El gps es un buén complemento y a veces ayuda, pero no es una varita mágica.

Cuando vi a los europeos atascados con su camión, me dirigí hacia ellos para ofrecerles mi ayuda. El taxi continuó, sin hacer ningún amago de pararse.

Antes de llegar, me bajé del coche y les hice esta foto. A uno de ellos eso le debió sentar mal, y me mostró el dedo central de su mano izquierda. Ese gesto no me hizo ninguna gracia, y pasé de largo. De todas formas, tampoco podría haber hecho gran cosa. Siempre me ha resultado mucho más fácil atascar un camión, que desatascarlo.

Además, consideré que en ese momento mi compañía podría ser más útil a los africanos que a los europeos. Desde luego a mi nunca nadie me podrá tachar de insolidario. Recuerdo algunos de mis primeros viajes, en los que me encontraba por el camino con personas que tenían incluso menos experiencia que yo, y terminaba "pringando". He empujado, desatascado y remolcado vehículos ajenos hasta reventar el mío. He prestado herramientas que luego desaparecían por malicia o falta de cuidado. He cedido piezas de repuesto que luego me han hecho falta. Ahora ya no remolco a nadie si no considero que sea imprescindible, y no llevo mi vehículo hasta el límite de su capacidad ni de su potencia. Cuando dejo una herramienta, la sigo con la mirada hasta que me la devuelven. Llevo piezas de repuesto de sobra, y agua y comida para alimentar a un regimiento.

Si me encuentro a una persona con apuros en el desierto, le ayudo. Pero si antes de entrar en el desierto me pregunta mi opinión una persona que considero que va a tener serias dificultades y va a poner en peligro su vida y la de los que le acompañan, le aconsejo que busque una solución alternativa a la de internarse en el Sahara. Por ejemplo, montando su vehículo en el tren que va desde Nouadhibou hasta Choum, que es lo que hago yo cuando viajo con vehículos pesados que no tienen tracción a las cuatro ruedas.

He circulado por África con muchos vehículos diferentes, y con el que más he disfrutado es con el Peugeot 504. La clave está en llevar poco peso, y variar la presión de las ruedas en función del terreno. En zonas de arena, hay que deshinchar hasta más o menos un kilo. En zonas de piedras, hay que hinchar todo lo que se pueda. Lo malo es cuando te encuentras arena y piedras mezcladas.

Al margen de cuestiones técnicas, la humildad y el miedo son los mejores aliados para viajar por el desierto.

Circulando por el norte del parque nacional Banc d'Arguin en dirección a Nouadhibou, entre dunas que de vez en cuando tapaban la pista.

Montábamos nuestro pequeño campamento antes de que anocheciera y encendíamos una hoguera mientras calentábamos la cena con la bombona de gas, menos romántica pero más práctica. Detrás, la luna llena iluminaba el paisaje con tonos grises.

Esta foto corresponde a la bahía Río de Oro, que se encuentra a la entrada de la península donde está Dakhla, antiguo Villa Cisneros. Río de Oro es también el nombre que recibe la mitad sur de la antigua provincia española del Sahara Occidental, actualmente ocupada por Marruecos.

Aquí aparece Teresa en las inmediaciones de Laayoune, antiguo El Ayun, donde en 1991 estableció su base de operaciones el MINURSO, que significa United Nations Mission for the Referendum in Western Sahara. Llevan doce años para celebrar un referendum. De momento mantienen la paz, que no es poco.

Las dunas son como las personas. Cada una es diferente y única. Su color cambia a lo largo del día, y varía de forma según la luz que la ilumine. El viento la moldea poco a poco, sin prisa.

El frío azul del cielo debería discordar con el cálido marrón de la arena, pero en África los colores no tienen leyes.


VIAJE TRANSAHARIANO JULIO 1987
VIAJE TRANSAHARIANO JULIO 1988
VIAJE TRANSAHARIANO OCTUBRE 1988
VIAJE TRANSAHARIANO DICIEMBRE 1990
VIAJE TRANSAHARIANO MARZO 1991
VIAJE TRANSAHARIANO JULIO 1991
VIAJE TRANSAHARIANO DICIEMBRE 1991
VIAJE TRANSAHARIANO OCTUBRE 1993
VIAJE TRANSAHARIANO MARZO 1998
VIAJE TRANSAHARIANO JULIO 1998
VIAJE TRANSAHARIANO ENERO 1999
VIAJE TRANSAHARIANO AGOSTO 1999
VIAJE TRANSAHARIANO ENERO 2000
VIAJE TRANSAHARIANO AGOSTO 2000
VIAJE TRANSAHARIANO ENERO 2001
VIAJE TRANSAHARIANO ABRIL 2001
VIAJE TRANSAHARIANO AGOSTO 2001
VIAJE TRANSAHARIANO ENERO 2002

VIAJE TRANSAHARIANO ENERO 2003
VIAJE TRANSAHARIANO JUNIO 2003
VIAJE TRANSAHARIANO AGOSTO 2003
VIAJE TRANSAHARIANO AGOSTO 2004
VIAJE TRANSAHARIANO ENERO 2005
VIAJE TRANSAHARIANO AGOSTO 2005
VIAJE TRANSAHARIANO ENERO 2006
VIAJE TRANSAHARIANO AGOSTO 2006
VIAJE TRANSAHARIANO ENERO 2007
VIAJE TRANSAHARIANO AGOSTO 2007
VIAJE TRANSAHARIANO ENERO 2008
VIAJE TRANSAHARIANO AGOSTO 2008
VIAJE TRANSAHARIANO ENERO 2009
VIAJE TRANSAHARIANO JULIO 2009
VIAJE TRANSAHARIANO OCTUBRE 2009
VIAJE TRANSAHARIANO ENERO 2010
VIAJE TRANSAHARIANO JULIO 2010
VIAJE TRANSAHARIANO OCTUBRE 2010
VIAJE TRANSAHARIANO ENERO 2011
VIAJE TRANSAHARIANO JULIO 2011
VIAJE TRANSAHARIANO OCTUBRE 2011
VIAJE TRANSAHARIANO ENERO 2012
VIAJE TRANSAHARIANO JULIO 2012

Viaje Transahariano